La ejemplaridad del Cid, diez siglos de vigencia

La ejemplaridad del Cid, diez siglos de vigencia

La adjudicación de los trabajos de conservación y restauración del Monumento al Cid Campeador de Sevilla me ha conducido a un mejor conocimiento del personaje y a diferenciar el real del imaginado. Tengo que reconocer que partía de una información sobre el personaje escasa y mediatizada; una película “histórica” de guión libremente adaptado (“El Cid”, Anthony Mann, EEUU, 1961) en la que predominan los anacronismos y unos muy buenos dibujos animados (“Ruy el pequeño Cid”, coproducción de BRB International, Nipon Animation y RTVE, 1980). Mi primera sorpresa fue enterarme que en el Cid conviven un personaje de leyenda y otro real y que además ambos visitaron brevemente Sevilla. Pero mi responsabilidad como conservadora del patrimonio histórico me condujo de inmediato a plantearme todos los valores que propone un monumento tan señero y su estratégica ubicación dentro de la Historia y la trama urbana de la ciudad, es decir, ¿por qué se erige un monumento al Cid Campeador en el Centro Histórico de Sevilla?.

La Edad Media nos ha legado muy pocos textos originales de carácter narrativo y la mayoría de ellos están escritos en árabe por ser en ese momento la potencia cultural dominante en el Mediterráneo y su entorno político. De los poemas épicos escritos en las diferentes lenguas europeas que caracteriza el surgimiento de la Torre de Babel que hoy es Europa, los tres relatos más conocidos son tres cantares de gesta o poemas épicos: El “Cantar de Roland” (Francia, siglo XI) , el “Cantar del mío Cid” (España, siglo XII) y el “Cantar de los Nibelungos” (Alemania, siglo XIII). Coincidiendo con ese periodo oscuro de Europa, la literatura árabe vive uno de sus momentos de esplendor, los cuentos de “Las mil y una noches”, (Oriente Medio, siglo IX) son el claro ejemplo de la influencia musulmana en la identidad común de Occidente. De los tres textos citados de Francia, España y Alemania, los cantares de Roland y de los Nibelungos desarrollan aventuras míticas de personajes históricos y otros inventados, aventuras fantásticas como las que contaba la imaginativa e imaginada Scheherezade al califa Harum al Rachid (un esquema narrativo añadido a la recopilación original en el siglo XIV). A diferencia de los otros relatos mencionados, el primer poema épico español se caracteriza en que no pretende asombrar al lector por sus fantasías y se basa en un personaje real, Rodrigo Díaz de Vivar, cuyas hazañas fueron suficientemente asombrosas y por lo cual los musulmanes de la península le apodaron “Sidi”, “Señor” en lengua árabe, “El Cid” de los castellanohablantes.

Hasta donde se sabía del Cid a comienzos del siglo XX, el personaje histórico se diferenciaba poco del personaje caballeresco retratado por el “Cantar del mío Cid” y en esta conjunción de caracteres se representaban todos los valores que se requerían del héroe o personaje ejemplar; un joven humilde que mediante su esfuerzo, constancia y valor alcanza el estatus más alto de la sociedad de la época (hoy sabemos que ya pertenecía a ese estatus desde su nacimiento), por ello no es de extrañar que bajo la influencia de la educación victoriana aliada al liberalismo económico que preconizaba la pujante burguesía norteamericana, la figura del Cid se valorase e incluso se sobrevalorase.

En gran medida, todos los valores que transmitía el personaje legendario, posiblemente el único “caballero andante” verosímil, siguen hoy en día vigentes y en la práctica toda la literatura infantil y sus secuelas gráficas y cinematográficas plantean el proyecto de ser un caballero o, en su defecto, conseguirlo, el objetivo del “príncipe azul”. Pero desde el siglo XIX la sociedad ha evolucionado mucho y los rasgos del “señor del campo de batalla”, el “campidoctoris”, que a principios del siglo XX se ensalzaban, hoy en día han quedado trasnochados y la figura del Cid se aprecia erróneamente como mito propio de un rancio nacional-catolicismo.

Pero al igual que se revisan los cuentos infantiles y otros mitos para actualizarlos, tanto en el legendario aventurero como en el histórico aristócrata castellano podemos descubrir valores que siguen vigentes; destaquemos, por ejemplo, su actitud positiva ante la adversidad. Partiendo de que hoy en día es injustificable el uso de la violencia para la consecución de cualquier objetivo, tanto la biografía de Rodrigo Díaz de Vivar como su leyenda nos presentan a un valiente y tenaz emprendedor que supera todas las adversidades con su esfuerzo y desprecia una vida regalada por defender sus principios. Todo ello a pesar del duro momento que le tocó vivir, una península fragmentada y convertida en un campo de batalla, y en ese contexto él fue, ante todo, un hombre honesto que supo valorar la amistad por encima de diferencias sociales, nacionalismos, razas y religiones.

En consecuencia, me atrevería a asegurar que la figura de Rodrigo Díaz de Vivar continúa vigente como ejemplo también para la sociedad actual, pero corresponde a quienes le conocen mejor que yo el redescubrirlo y actualizarlo para el siglo XXI.

Por nuestra parte, entendemos que la labor de una restauración no termina en la mera recuperación física de un monumento sino en la restitución de la totalidad de sus valores, por ello dejamos abierta esta páginas en la red para la participación de quienes quieran aportar su granito de arena a un mejor conocimiento sobre el Cid Campeador en general y su relación con Sevilla en particular.

Pilar Soler Núñez

Directora de Metis, conservación y restauración

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